
Actualmente se usa la estimulación profunda como remedio contra el parkinson, adicciones a ciertas substancias, dolores crónicos y comportamientos obsesivo-compulsivo, entre otras enfermedades. Pero el uso de esta terapia en pacientes de depresión, incluso en aquellos tipos que hasta hace unos pocos años se consideraban incurables, está potenciando el desarrollo de investigaciones en este área.
La estimulación cerebral profunda es heredera de las famosas terapias de electroshock, que se han utilizado desde hace más de medio siglo en determinadas escuelas psiquiátricas para tratar un amplio rango de enfermedades mentales, no siempre con buenos resultados, ya que pueden ocasionar amnesias de diferente gravedad. La diferencia entre ambos tratamientos radica en la implantación quirúrgica de un “marcapasos cerebral” en la estimulación profunda, que se conecta a partes concretas del cerebro -dependiendo de la enfermedad a tratar- y lanza micro descargas de electricidad que provocan la desaparición o atenuación de los síntomas, lo que permite a los pacientes llevar una vida normal, tal y como harían si no estuvieran enfermos.
La doctora Helen Mayberg, de la Emory University en Atlanta, EEUU, estudia con su equipo el funcionamiento de la estimulación profunda y la manera en qué afecta al cerebro y sus descubrimientos están cambiando la visión de las enfermedades mentales como una consecuencia del desequilibrio químico en ciertas partes del cerebro. PAra Mayberg, estas enfermedades se producen porque regiones interconectadas del cerebro dejan de comunicarse como;; deberían.
El doctor Thomas Schlaepfer, decano de Educación Médica de la Universidad de Bonn, defiende la idea del cerebro con un conjunto de redes conectadas entre sí, que sufren alteraciones y desconexión cuando se dan las enfermedades mentales. Estas conexiones pueden explicar por qué la aplicación de electricidad afecta a ciertas partes más allá del área de contacto con los electrodos y cómo vuelve a conectar las partes dañadas, lo que provocaría la desaparición de los síntomas.
Aunque aún no se comprende totalmente cómo funciona el cerebro, el desarrollo de nuevas formas de análisis y de nuevas metáforas funcionales -el cerebro como un conjunto de redes- nos permite avanzar y crear terapias cada vez más eficaces.











