Pensemos en las características de los ciborgs: tienen que tener un componente tecnológico que amplíe sus capacidades humanas -normalmente eléctrico y digital- al mismo tiempo que mantiene una parte humana. En el imaginario colectivo, estas criaturas han perdido una parte de su humanidad para conseguir superar las barreras de los seres meramente orgánicos. Sin embargo la definición antes dada, este tipo de seres ya forman parte de nuestra sociedad, puesto que son muchas las personas que utilizan diferentes tipos de ayudas tecnológicas para vivir mejor, como es el caso de los pacientes de enfermedades coronarias que utilizan un marcapasos o las personas sordas que deciden usar un implante coclear. Sin embargo, la definición de qué es un ciborg varía ligeramente según las definiciones y en las últimas décadas hemos visto, por ejemplo, como el término se utilizaba a modo de interesantísima -y controvertida- metáfora por parte de la profesora norteamericana de la UCSC Donna Haraway, que habla del ciborg como una necesidad para superar el mundo dividido por el género.
Otra de las interpretaciones más interesantes del concepto llega de la integración de las llamadas nuevas tecnologías con la vida cotidiana de finales del siglo veinte y, sobre todo, de principios del veintiuno. Puede que los teléfonos móviles no estén injertados en nuestro cuerpo, aún, pero sí están muy cerca de nosotros durante un gran periodo del día. Reflexionemos sobre las rutinas de los hombres y mujeres -generalmente pertenecientes a las generaciones X e Y- que se comunican con sus amistades y familiares a través de los teléfonos móviles - ordenadores de bolsillo-, usan estos mismos artefactos para buscar información en tiempo real e incluso perciben la realidad a través de esas u otras muy parecidas pantallas digitales - al fin y al cabo, la realidad aumentada no es más que un filtro de la realidad a través de la tecnología-. Teniendo todo eso en cuenta… ¿cuál es la diferencia con los ciborgs de la gran pantalla?
En Inglaterra ya se ha expedido el primer pasaporte a un ciudadano oficialmente reconocido como ciborg, el hispano-británico Neil Harbisson, que padece acromatopsia -enfermedad por la que sólo percibe la realidad en blanco y negro-, utiliza una cámara digital situada entre sus dos ojos para convertir los colores en diferentes sonidos musicales. Para conseguir el documento oficial, Harbisson tuvo que probar que su nuevo ojo -el Eyeborg- es algo más que un mero capricho tecnológico, y que su vida ahora es diferente a la del resto de los humanos.











